"Life is like riding a bicycle - in order to keep your balance you must keep moving"

“La vida es como andar en bicicleta, para mantener el equilibrio tienes que seguir moviéndote”

Albert Einstein

lunes, 28 de julio de 2014

Las golondrinas viajan en bici

Slowcicle se ha tomado la vuelta a casa con mucha más tranquilidad de lo esperado, pero no se nos ocurre mejor forma de volver, que volando con golondrinas. En realidad no hemos estado muy quietos, sólo que desde hace más de un año - bueno, justo un año después de la última entrada de Slowcicle para niños (¿sería una premonición?) somos una más en la familia. Y como imaginaréis, la pequeña Ione nos tiene más que entretenidos con sus descubrimientos, con las maravillas de la maternidad/paternidad y el día a día marcado por un ritmo tranquilo, pero fenétrico a la vez. Porque Ione es curiosidad, actividad, cariño, teta, juego, contacto, demanda, aprendizaje... vida, en definitiva.


Reconocemos que las bicis están algo aparcadas desde que estrenáramos embarazo recorriendo las Landas francesas, allá por el verano de 2012. 1000 km con Ione todavía dentro de la barriga, y aunque esperamos retomar las pedaladas este verano, el motivo de este post no es otro que gritar bien fuerte que hemos vuelto, y que lo hemos hecho volando en golondrinas.
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Hace casi dos meses se presentaba en Zaragoza el Refugio de las golondrinas - y el 30 de julio en Cervera - una dulce y maravillosa novela que describe y colorea la cotidianidad. La búsqueda de refugio y cobijo es uno de los objetivos de quienes nos vinculamos a la parte técnica de la vivienda. Los materiales, los detalles, los sistemas constructivos, las normativas. Pero la búsqueda de un refugio es mucho más que planos y fichas justificativas. Las golondrinas lo buscan año tras año en sus largos viajes, acompañados por la increíble memoria de reconocer un entorno donde otro año estuvieron a gusto pasando el invierno de zonas más septentrionales. 

Y en realidad, nosotros hacemos lo mismo. O lo intentamos. A veces nos ata un trabajo. Otras una historia. Otras una plaza. O un sueño. Otras veces todo eso nos da alas para volar lejos sabiendo que nuestra plaza, nuestra gente, nuestra historia, nos sigue esperando y acompañando. Porque sabemos reconocer la sensación de "estar en casa" con muy poquito. Porque sin estar, tenemos la certeza de que podemos volver. 
  

Nos ha emocionado leer el refugio de las golondrinas.  Y si algo aprendimos en todo ese año de viaje, fue la tranquilidad con la que se descubren gentes, parajes, entornos y refugios teniendo un sitio donde volver. Hemos tenido muchas veces la sensación de marcharnos "de casa", sólo con compartir unos días, o incluso unas horas con alguien que nos ha querido acompañar. Y es especialmente reconfortante, volver "a casa" tras un dura jornada de pedaleo. Y el sentimiento de casa es a veces un simple orden de las alforjas en una tienda de campaña (a pesar de no tener nunca controlado qué se guardaba en qué alforja...), un hostalillo con ducha caliente, la casa de quien te aloja, una llamada de teléfono, o una foto familiar.


Así que volvemos volando a la tierra navarra que ahora nos acoge. Al verde del valle. A las vistas desde la terraza. A casa.


viernes, 9 de marzo de 2012

CAMBIO DE CICLO

Slowcicle nació con la idea de recoger las aventuras y desventuras de esta pareja; para servirnos de hilo conductor, de excusa, de ventana, de tablón de anuncios donde recoger un cambio de aires bicicletero que nos ha llevado desde Argentina hasta Costa Rica. Era slow, por acogerse al lento caminar de un ritmo sosegado, el de viajar sin prisa, el de conocer y disfrutar.


Las motivaciones del viaje las hemos ido contando a lo largo de este año. Hemos pedaleado, hemos visitado, hemos aprendido, hemos compartido y, sobre todo, hemos disfrutado de desprendernos de responsabilidades, de viajar con poco, de lavar a mano, de comer más arroz de lo que jamás hubiéramos imaginado, de planificar más bien poco, de no saber en qué día se vivía, de subir y bajar los Andes, de echaros en falta con la tranquilidad de que saber que estáis aquí.


Además de slow, slowcicle también era un nuevo ciclo para nosotros. Lo fue al llenar las alforjas de lo imprescindible y dejar espacio para llenarlas de experiencias; lo fue al despedirnos de Zaragoza y aterrizar en Córdoba (AR), pero también lo es – y esperamos que lo siga siendo, cuando los avatares del destino nos han llevado a montar de nuevo en un avión rumbo a casa.


Si así viene, así conviene, rezan diversas recetas populares y nuestra brújula particular. Hace unos meses, cuando escribíamos sobre el agua de Cajamarca y la mina de Yanacocha recibimos una oferta de trabajo desde Pamplona. Nuestro amigo Fernando dejaba cener  para marchar hacia Huesca y su puesto de trabajo quedaba vacante. Era una oferta apetitosa, aunque en aquellos meses, incompatible, con nuestro lento pedalear. Primero fue en Pacasmayo (Perú) y casi un mes más tarde, en el Coca (Ecuador), un par de entrevistas telefónicas terminaron por confirmar el giro del timón. Poco más de dos meses después nos tendríamos que mudar a Pamplona. Y allí, en Ecuador, ese pequeño pero gran país, que tan bien nos acogió, se confirmó nuestro retorno.


Tras mucho negociar la fecha máxima aceptada para que Sergio se incorporara a trabajar – sin que todo su futuro nuevo departamento se le echara encima –  era mitad de febrero. Los planes de slowcicle se veían truncados temporalmente. Llegar a México había sido un referente durante los últimos meses de pedaleo, pero basta que se planifique para que el destino decida por ti. Cambiábamos de ciclo. Le dábamos la vuelta al pedal.


Y además lo hicimos mintiendo. Nuestras más profundas disculpas para familiares y amigos engañados. Pregonamos a los cuatro vientos que llegábamos a Barajas el día 3 de marzo, pero en realidad habíamos comprado el billete de avión para llegar a Bilbao el día 10 de febrero. El objetivo, aparecer por sorpresa en una comida familiar en Vitoria (y llegar pedaleando desde Bilbao), y en otra en Zaragoza con motivo del cumpleaños de las mellis (Vega y Luna, que ya han cumplido 4 añazos). No fue fácil la jugada para quien no está acostumbrado a este tipo de aventuras, pero salió bien.


Tras los pertinentes trámites de salida en el aeropuerto de San José, unas cuantas horas de vuelo y escala en Frankfurt, aterrizábamos en Bilbao. Qué sensación, ver Donosti desde las alturas, la Concha, los montes, la nieve… Aterrizábamos tras aquella maravillosa semana de frío siberiano, con Euskadi casi sitiada por nieve y a nosotros no se nos ocurre otra cosa que pedalear. Menos mal que nuestras madres no estaban enteradas de semejante ocurrencia.


En mitad del aeropuerto desmontamos las cajas de las bicis, vimos que todo estaba en su sitio y volvimos a montar las ruedas, sillín, pedales, manillar y alforjas para pedalear hasta Munguía, donde nos recibió un bonito carril bici los últimos km. Allí nos acogieron Jorge, Laura y el pequeño Aitor (que nosotros todavía no conocíamos). Nos prepararon la mejor cena que uno puede esperar después de tanto arroz con pollo: unas tortillas de patata y un buen plato de jamón. Para qué pedir más.




Teníamos que coger fuerza, porque todo el frío y nieve que no hemos chupado cruzando los últimos meses, lo chuparíamos al día siguiente, pedaleando desde Munguía hasta Vitoria. Jorge y Laura se quedaron con la mayor parte de nuestro peso y, cargados con toda la ropa de abrigo que había sobrevivido al viaje, herramientas y almuerzo, salimos todavía de noche y con una buena helada dispuestos a cruzar el puerto de Barazar. Antes de empezar a subir tuvimos que parar dos veces para tomar algo caliente de lo congelados que llevábamos manos y pies. Una tras pasar por fin el lío de autovías y dirigirnos ya hacia Barazar y otra en Zeanuri, a los pies del puerto, cuando nos encontramos con Manolo, nuestro fotógrafo particular. Manolo es el marido de Yolanda, una prima de Sergio y, muy amablemente, nos hizo de cicerone en esta bonita etapa. Nos hizo fotos en toda la subida del puerto, nos indicó donde tomar un caldito caliente en Legutiano, nos invitó a un plato de champiñones en Landa…


El pantano, tantas veces anhelado, se presentaba ante nosotros. Con buenos chupones de hielo en su cara norte y un bello paraje allí donde los rayos del astro rey se habían podido asomar. Ya casi estábamos en casa – la casa alavesa. Pasamos por Arroiabe y la casa de la tía Conchi,  y ya rápidos y veloces esprintamos para llegar a Vitoria, a la sociedad que tienen Manolo y Yolanda, donde nos esperaba la familia. La excusa, una foto familiar. Claro, que una foto familiar, a las tres y pico de la tarde, sin comer y con temperatura negativa no fue agrado de muchos de los presentes, hasta que Íñigo empezó a tocar el txistu y dos ciclistas se pusieron en medio de la estampa familiar. Sorpresa, emoción, lágrimas, abrazos, risas, una gran comida y la pregunta esperada de Unai, “si esta mañana estabais en Costa Rica, ¿cómo puede ser que ahora estéis en Vitoria?


La emoción embargó el fin de semana, pero todavía nos quedaba la otra mitad de la sorpresa: la familia de María tampoco estaba al tanto de nuestro desembarque en casa. Y eso que Prudencio insistía en que al menos avisáramos de que estábamos en Vitoria y estábamos bien.


Lo único es que ese mismo lunes Sergio empezaba ya a trabajar en Pamplona y María tenía que hacer una escapada a escondidas a Zaragoza para recuperar la furgoneta y las llaves de la cueva, para poder recoger una primera maleta con ropa de abrigo en nuestra primera semana en Pamplona. Y es que mentir en Zaragoza tuvo también su aquel. Los padres de María se empeñaron en venir a buscarnos a Barajas el 3 de marzo. No íbamos a decir que no, pero claro, había que organizar la coartada. Hubo que avisar a Alejo para que dijera que sí a la propuesta de dejarles su furgo (más grande que la nuestra y apta para bicis, bultos y por lo menos 4 personas) a Pili y Luis Ignacio el día 3 de marzo… Paula tenía que hacerse cargo de las llaves de la cueva, que habíamos supuesto estarían donde siempre se han guardado las llaves en aquella casa, pero no pudo ser. Hubo que convencer a Judith e Irene para que se inventaran que nos iban a dar una sorpresa en la cueva y que como trabajaban todos los fines de semana se las tenían que dejar el fin de semana del 11-12 de febrero. Un poco a regañadientes, pero al final, coló. Vamos, un auténtico lío.


Tras el reencuentro con su hermana en Zaragoza, María volvió a Pamplona, no fuera que cualquiera de los contactos de Pili se hiciera eco del asunto y nos fastidiara la sorpresa . El fin de semana se celebraba oficialmente el cumpleaños de Luna y Vega, y como ya viene siendo tradición entre los Figols González, una buena representación de la Pedrada iba a estar presente en el evento. A la hora de comer, todo el séquito familiar merodeaba por el Parque de la Esperanza y una esperada llamada en el móvil de Pili “desde Costa Rica”. “Sí, aquí, pasando calor” – mentíamos con el abrigo bien cerrado hasta el cuello. Llamábamos para felicitar a las mellis y escuchar a todo el griterío familiar. “Mamá, no te oigo bien. Muévete un poco… Sal del barullo, que no se oye. Muévete un poco más. Muévete. Muévete….” Y… ¡sorpresa! ¡¡¡Pero si están aquí!!! ¡¡¡Que son ellos, María y Sergio!!! Gritos, besos, abrazos, sorpresa, emoción, alguna lagrimilla.


Por fin en casa. Ya podíamos dejar de mentir. Ya podíamos empezar a contar cómo había sido nuestro recorrido por Costa Rica. Ya podíamos empezar a llamar a familiares y amigos.


Anotamos el cuentakilómetros: 8317 km., aunque los caminos se siguen sucediendo y el cuentakilómetros seguirá contando. Esta primera gran etapa del viaje se cerrará cuando lleguemos a Zaragoza en bici, pasando por Pamplona - nuestra nueva morada, Cervera y Bardallur. ¿Quién se anima a pedalear con nosotros?




PURA VIDA

Tras este parón de escritura retomamos las últimas aventuras y desventuras de esta parte del viaje. Como escribiremos en el próximo post, el paso a Costa Rica es el último salto de frontera de slowcicle en Sudamérica y Centroamérica. Se respiran despedidas y reencuentros…


Tras saborear el desagradable tráfico de Ciudad de Panamá y pasear por las callejuelas de su ciudad vieja, decidimos dar nuestro último salto de frontera. En realidad nos quedaban dos semanas de viaje, hasta llegar a San José de Costa Rica y volar desde allí a casa. Así que pensamos que terminar el viaje en ese paraíso centroamericano era mucha mejor opción que pedalear por la panamericana y sus camiones. De Costa Rica se hablan maravillas en las agencias de viaje, o entre amigos y conocidos amantes de la naturaleza, así que parecía el paraíso indicado como colofón.


Lamentablemente el comienzo fue un poco más accidentado de lo previsto. Tras montar las bicis por última vez en un autobús nocturno que unía las dos capitales, los intestinos de Sergio decidieron rebelarse contra el fin del viaje y anduvo bastante flojillo las siguientes 24-48 horas. Qué oportuno, el peor cruce de frontera que hemos tenido en todo el viaje y lo tuvo que hacer con fiebre. La bella Costa Rica se presentaba ante nosotros y teníamos un par de semanas para reconciliarnos. Eso estaba hecho.


San José, como toda gran ciudad. Tiene sus luces y sus sombras. El anochecer se asoma en las montañas que rodean su núcleo urbano; sus calles y barrios se adaptan a una orografía propia de sus 1,170 m., de altitud sobre el nivel del mar. O como decían los bogotanos, 1,170 m más cerca de las estrellas. Valles y volcanes la rodean, embriagando al visitante que busca escapar de sus calles y encontrarse con sus montañas. Su bonito entorno oscurece su pasear urbanita, que en nuestro caso se ve además enmascarado por el malestar de la mitad del equipo, la lluvia y la búsqueda de unas cajas de bicicleta donde empezar a empaquetar a nuestras queridas compañeras.


Un par de días más tarde emprendemos viaje rumbo al volcán Arenal. Esta vez, las bicicletas se quedan en casa (el viajero cicletero tiene la manía de que en cuanto pasa más de una noche seguida en una misma cama, automáticamente ese sitio pasa a ser considerado “casa”) y viajamos en bus. El volcán Arenal inició su último y actual período de actividad en 1968, después de que fuera “descatalogado” como tal por no conocerse actividad volcánica alguna. Enfurecido por el desplante, escupió lava suficiente para destruir los pueblos de Tabacón y Pueblo Nuevo, dejando a 87 víctimas detrás. A raíz del fatal incidente se crearon 3 cráteres visibles en el Arenal y desde entonces ha seguido mostrando orgulloso su poder, sus gases y sus explosiones de materiales piroclásticos, convirtiéndose en el volcán más activo del país. Hoy forma parte del Parque Nacional Volcán Arenal y es visitado por miles de turistas cada año. En su entorno se suceden las camitas en torno al volcán, los paseos a caballo, los deportes de aventura y las aguas termales.


Mientras Sergio termina de recuperarse en la habitación del hostal, María se da de bruces con el apasionante mundo de las agencias de viajes de turismo de aventura en Costa Rica. Nuestra intención era darnos un paseíto por el volcán y disfrutar un día entero de alguna de las aguas termales. Parecía un plan sencillo, pero no. No existe transporte público desde el pueblo hasta el volcán – o pasas por el tour de 40 $ o te vas en bici (y las nuestras están a medio empaquetar en San José). Todas las actividades de aventura están en parques privados – como si fueran pequeños parques de atracciones “naturales”, montados aprovechando que la riqueza del paisaje no va a decepcionar. Finalmente rascamos el bolsillo y decidimos pasar el día en las aguas termales de Baldi


Se trata de un complejo turístico de agua termal, con su hotelazo incluido, con pulserita de entrada, comida o cena incluida, y un sinfín de piscinas, cascadas, pasadizos y zonas de descanso que hacen de este sitio uno de los más visitados en el entorno. Hay que reconocer que las termas de Fiambalá tenían otro encanto, más salvaje, más inhóspito, pero como complejo termal, este está especialmente currado. Y como somos gente flexible que se adapta a las circunstancias, nos mimetizamos fácilmente con nuestros compañeros de piscinas, pozas, cascadas, etc., como si frecuentáramos este tipo de balnearios. Sólo el moreno ciclista nos delata…


El siguiente destino es Santa Elena y la Reserva del Bosque Nuboso de Monteverde. En la provincia tica de Puntarenas, dos de los bosques nubosos más importantes de Centroamérica acogen flora y fauna específica de este tipo de ecosistemas. Cubiertos por una fina capa nubosa y permanentemente bañados por una fina llovizna, algas, musgos, líquenes, helechos arbóreos, orquídeas o bromelias campan a sus anchas en el bello paraje volcánico.


La reserva de Monteverde fue fundada por una comunidad cuáquera que dejó Estados Unidos en los 1950s alarmada por el reclutamiento forzoso de su ejército y atraída por el país sin armas. Se asentaron en la región tras hacerse con 1400 Ha de bosque y dedicaron sus empeño y actividades al cuidado y protección del entorno natural, y a la fabricación de ricos quesos. Uno de esos cuáqueros todavía se pasea por la reserva como viejecito entrañable. En realidad, el paseo nos resultó bonito y agradable, aunque excesivamente costoso. 18 $ por persona te permiten unos breves recorridos por una minúscula parte de la reserva, y que si no los completas con el pago de un guía especializado, parece que los bichejos no se animan a asomar la cabeza.


Además de los paseos por las dos reservas (Santa Elena y Monteverde), la oferta turística se centra en fincas privadas que ofrecen todo tipo de actividades de eco-aventura… Nos resistimos, pero al final sucumbimos ante la tentación de probar el “canopy” o tirolina. Una sucesión de sirgas y plataformas escondidas entre los bosques de la reserva suponen el subidón de adrenalina que más se paga en estos lares. Tiene su emoción y belleza pasear colgado a la altura de las copas de los árboles. Suponemos que Tarzán se reiría de la modernización de las tradicionales lianas, pero hay que reconocer que la actividad tiene su gracia.


Otra de las actividades que disfrutamos en Santa Elena fue la de visitar una finca dedicada al cultivo y producción de café, la del Señor Don Juan. Tuvimos la suerte de ser los únicos hispanoparlantes de entre los visitantes esa tarde y pudimos dar un tranquilo paseo entre los cafetales acompañados de nuestro guía. Te enseñan todo el proceso de crecimiento del café y colaboras en la recogida de un cestaño, para que simbólicamente te puedas ganar el jornal. En fin… Fue muy interesante conocer los diferentes grados de tueste y la calidad del café. Nosotros ya nos hemos acostumbrado a la manera sudamericana de preparar el café – menos concentrado, más suave, y pensábamos que el expresso de Italia era un café más tostado con mayor contenido en cafeína. Craso error – no habíamos pensado que cuando  más se tuesten los granos, el café tendrá menos cafeína y acidez. Aunque Santa Elena es demasiado “frío” para la producción de cacao, según nos explican, han comenzado desde hace poco a completar la ruta del café con una explicación de preparación del cacao, que termina con la degustación de una taza de chocolate caliente, con especias y sin leche, que esperamos repetir con el cacao que nos llevamos en el bolsillo.


Nos despedimos de Santa Elena para dirigirnos a Manuel Antonio, uno de los parques nacionales más visitados de Costa Rica. Perfectamente ubicado en la costa pacífica, en un bonito entorno con preciosos atardeceres, es uno de los parques más devastados del país, donde el turismo sin control ha minado la otrora salvaje carretera que unía el pueblo del parque con un sinfín de hoteles, hotelitos, cabañas y complejos turísticos de todos los precios, formas y colores. Cuando estuvimos en Galápagos nos encontramos con un grupo de madrileños que había vivido en Costa Rica y no dudaron en recomendarnos pasar por Manuel Antonio si teníamos pocos días para visitar el país. Nos tomamos su recomendación al pie de la letra y quedamos algo decepcionados. Eso sí, dice la wikipedia que en 2011 este parque nacional fue seleccionado entre los más bellos del mundo por la revista Forbes.


Manuel Antonio tiene una extensión de 1983 ha en la parte terrestre y 55000 en la marina. Cuenta con varias ensenadas con diversas playas de arena blanca, protegidas por el exuberante bosque húmedo tropical que las acoge. Pudimos encontrarnos con algún que otro mono que esperaba al acecho la llegada de turistas con ricas viandas en sus mochilas y a un casi inmóvil perezoso. Haciendo honor a su nombre, jugaba al equilibrio entre una rama y otra, retorciéndose de pereza a un tranquilo ritmo. Tal era su lentitud de movimientos que a pesar de tenerlo a escasos metros nos costó un buen rato asegurar que efectivamente era un perezoso.


Entre las diversas actividades lúdico festivas que hemos ido realizando durante el viaje nos quedaba pendiente un mayor disfrute de las olas del pacífico, así que visto que Manuel Antonio se nos quedaba grande en bullicio, decidimos avanzar un poquito más hacia el sur y pasar nuestros últimos días de viaje en la tranquila Dominical, un paraíso para los surfistas. Encontramos un hostal con vistas al mar y alquilamos una tabla de surf (en inglés, eso sí, que parece que hay pocos hispanoparlantes alquilando tablas por allí); los ingredientes necesarios para un idílico fin de viaje. Hicimos nuestros pinitos sobre la tabla, intentando aparentar equilibrio y manejo sobre unas buenas olas, aunque los surfistas de verdad hacían auténticas maravillas a nuestra vera.
Las horas pasaban y tras nuestra última puesta de sol en el Pacífico por un tiempo, terminamos de ultimar nuestro equipaje en San José. Tiramos lo que pudimos de lo poco que nos quedaba, compramos algo de café para rellenar las alforjas, agarramos el pasaporte y nos despedimos.


Hasta pronto.

miércoles, 8 de febrero de 2012

PANAMÁ

El mal rollo del Independence nos persigue unos días más. El primer síntoma es un radio de la rueda trasera de Sergio. No avanzamos más de un kilómetro en tierra firme cuando el radio se hace trizas. Aparcamos a la sombra y nos ponemos a cambiarlo (por suerte no es del lado de los piñones). El cabezal está lleno de sal. Al amarrar nuestras bicis en cubierta, tratamos de protegerlas como pudimos, con unas bolsas de basura. La tripulación decía no tener nada para ayudarnos, pese a que cada bici paga sus US$ 50 por el trayecto. No ha sido suficiente. Para prevenir males mayores limpiamos las bicis a conciencia y añadimos un poquito de grasa al resto de los radios y la maquinaria.

Continuamos unos pocos kilómetros más hasta María Chiquita, a medio camino entre Porto Bello y Colón. Cuando cerramos los ojos todavía se nos mueve el suelo y cuanto está agarrado a él, así que decidimos descansar esta noche y continuar al día siguiente hasta Ciudad Panamá. Es nuestra oportunidad para despedirnos del Caribe.


El único hostal que nos encontramos tiene el baño roto y no luce muy bien, así que vamos al regateo. Son 20 US$. Háganos descuento. Son 20. Háganos descuento. No puedo, son 20. Háganos descuento. Como cuánto pagarían. 10. Pausa. Pesadez en los párpados, cansancio acumulado y pereza en el pensar. Hágale, dice mientras abre por fin los ojos con ese tono caribeño y ninguna gana de discutir. Este precio será seguramente el más barato del resto del viaje. Panamá es cara, más que Colombia, pero menos que Costa Rica.

Al día siguiente tomamos la carretera que va desde Colón a Ciudad de Panamá, desviándonos en dirección a Paraíso para ver el famoso canal. No sabemos si Panamá es un país con un canal que lo atraviesa, o si es en verdad un canal con un país que lo rodea.


Desde que Vasco Nuñez de Balboa viera por primera vez el Océano Pacífico, guiado por indígenas en 1513, el destino de estas tierras ha estado siempre ligado al estratégico paso entre ambos océanos. Con la independencia de los españoles, Panamá pasó a integrarse en la Gran Colombia, y no pensó en la independencia hasta 1903, cuando el primo yanqui del norte se lo propuso después de un desatino con el senado colombiano. Unos años antes, en 1881, llegaron los franceses con Ferdinand De Lesseps, el constructor del Canal de Suez, dispuestos a construir un canal a nivel del mar a través del río Grande y el río Chagres. Llegaron a cavar 30 Km antes de claudicar por mala gestión, enfermedades tropicales y las complicaciones técnicas de la época. Entonces llegaron los yanquis, con muy buen sentido comercial, a comprar los derechos y las propiedades para terminar la labor. La negativa del senado colombiano no les sentó nada bien, así que decidieron cambiar de estrategia y fomentar la creación de un nuevo país.


En el canal actual los barcos salvan un desnivel de 26 m para atravesar el continente y bajar otra vez al nivel del océano. Para ello se utilizan esclusas, cuyo funcionamiento puede entenderse pinchando aquí. Nosotros visitamos la esclusa de Miraflores, atestada de norteamericanos. Junto al museo y la sala del video explicativo, hay unas gradas, y en las gradas un montón de gente lanzando grititos tipo Uhuhu (acento yanqui de película) cuando se  abren las puertas y el carguero se mueve guiado por sendos trenecitos a cada lado del canal. Un espectáculo, tanto el colosal tamaño de los containers enfilándose por donde no parece haber sitio (ver), como la devoción turista y el entusiasmo estilo Super Bowl que puede atribuírsele a cualquier cosa en este mundo.


Retomamos el pedaleo para llegar a Ciudad de Panamá, seguramente el excalestric más complicado que hemos pasado hasta la fecha para entrar en una megapolis. Con paciencia, mucha paciencia, una pizca de abstracción zen y la fuerza que nos queda en las piernas, atravesamos las diferentes capas de cebolla metropolitana hasta la zona vieja. La zona vieja es bastante vieja, y solo los edificios de la presidencia (con acceso restringido) y las plazoletas turísticas han hecho el esfuerzo de lavarse la cara. Al otro lado de la bahía vemos el distrito ultra-moderno, con un impresionante skyline. Panamá es sin duda una ciudad de contrastes.

Aquí pasaremos unos días, paseando con nuestras bicis  y divisando el Puente de las Américas al fondo. Es hora de partir hacia Costa Rica.


viernes, 3 de febrero de 2012

PIRATAS DEL CARIBE

Un poco cojo, sin pata de palo, sin parche en el ojo, pero con cara de malo. Es un viejo truhán el capitán del barco con el que hemos pegado el salto entre Colombia y Panamá. El velero se llama Independence, y su capo un tal Micheel.


La región del Darién, también llamada Tapón del Darién, es una selva que une y separa el Sur y el Centro de América. No hay vías terrestres que la atraviesen, así que los ciclistas tenemos que optar entre el avión, un velero turístico o una lancha rápida que hace el trayecto entre el norte de Colombia y la costa caribeña de Panamá. La última es la opción más económica… casi siempre. Hace unos meses nos escribió Txentxo Rojo, un babazorro itinerante sobre ruedas, avisando de que aquel billete le salió caro cuando el vaivén de la embarcación rompió el cuadro de su bici. Por eso y porque nos apetecía y nos quedaba dinero, decidimos que era mucho mejor tomarnos un tiempo en velero, mirar el Caribe sin prisa y darnos un paseo por las Islas de San Blas (claro ejemplo del mito playero caribeño), antes de desembarcar en Portobelo (Panamá).


Contactamos por internet y, después de pagar un anticipo, quedamos en el club “náutico” de Manga, en Cartagena. Llegamos al lugar con nuestras bicis y todas sus alforjas la mañana del 19. Por alguna razón, esperamos encontrarnos con un edificio con muchas banderas junto a un muelle, una cafetería con terraza de suelo de madera y muchas mesas con sus sombrillas mirando al mar. En vez de eso, nos recibe una puerta hecha a base de somieres y otras chatarras soldadas junto a un tipo que nos pregunta que por qué estamos allí. Dadas las referencias nos abre el paso. El muelle existe, pero es de hormigón y el Independence no está allí, sino anclado unos 100 m mar adentro.


Pero volvamos con nuestro pirata, el viejo Micheel. Es esloveno y tiene unos 70 años, según dice. Su novia, una cartaginense de 20, es la maestre y también grumete de una tripulación de tres personas. El Independence es un viejo velero de unos 30 m de largo y ajada bandera estadounidense. Lo primero que nos dice el pirata cuando estamos todos a bordo es: “We need positive attitude from you, positive attitude radiates to sky and comes back to you”, algo así como que habiendo buen rollo todo está hecho. Que la buena onda va pal cielo y vuelve pa ti. Cool, pensamos, chachi; solo que en casa del herrero cuchillo de palo, y en la barca del patapalo pues hay mala onda 23 de cada 24 horas. En cuanto salimos a mar abierto, llegan las olas, mucho más enfurecidas de lo que cabría esperar del Caribe. Con las olas vienen los nervios del anciano, que no para de insultar y maldecir a su joven tripulación. Las malas vibraciones se reproducen por doquier. Los grumetes no saben ni lo que hacen y la amabilidad no reina en esta casa.


Ante una mala dirección, el sindicato se refuerza, y así ocurre en el navío con el grupo de pasajeros. Somos solo 10, en vez de los 20 que suelen viajar según patapalo (a saber dónde pueden meterse los otros 10…). Además, están Pepa, Lola y una pedazo de moto que no tiene nombre, pero sí dueños. Son Andrew y Helen, una pareja de daneses que vive desde hace 20 años ganando dinero en su tierra patria durante los veranos y gastándolo el resto del año en Costa Rica. Llegaron con su moto hasta Perú y han decidido volver a su refugio en la república centroamericana, una casa que han terminado de autoconstruir hace apenas un año.


Después está Edwin, un holandés que a sus cuarentaitantos ha decidido pegar un giro inesperado a su vida. Dejó la empresa de servicios de computación que inició con otros tres socios y alquiló su piso hipotecado para saltar el charco, aprender español junto a una familia en Santiago de Chile, comprar un buga y recorrer los países americanos sin prisa, buscando una inspiración que le permita volver a ganar dinero.


En el sector juvenil tenemos a Crescente, un estudiante de medicina chileno en busca de aventura, Hanna (finlandesa) y Daniela (alemana), una especie de Erasmus en Lima que han decidido retrasar la vuelta a su país con un largo paseo por el continente y Susanne, una recientemente titulada en Business Administration que tiene el privilegio de celebrar con una vuelta al mundo (como se llama a esto de volar de país en país hasta volver a casa) su laurea.


Entre ambos grupos está Idan, un israelí que a sus 28 años acaba de terminar ingeniería eléctrica, después de cumplir con el largo deber patrio del servicio militar. Toca la guitarra medio bien y viaja con marihuana de mala calidad que le vendieron en Colombia. A cada conversación decide que su país de destino es uno distinto; pasó de ser México, a España y finalmente Holanda. Quién sabe dónde acabará.


 El primer día y la primera noche son muy duras. Nos ha tocado un Caribe muy bravo y  en cubierta no podemos caminar sin estar sujetos a algún sitio. En los camarotes el calor y la humedad se condensan insoportablemente. Dice el capitán que las olas llegan a ser de 8 m durante las peores horas nocturnas. Son horas de introspección, cada uno trata de poner a vibrar su cuerpo y su mente al son de las olas. La tripulación no ayuda mucho. Un ejemplo de lo anterior es la petición de un cubo para que nuestra querida holandesa no vuelva a asomarse por la barandilla de cubierta para echar la pela. Lleva haciéndolo 10 horas y su estómago no tiene pinta de amainar. Con el cuerpo debilitado da un poco miedo verla encaramada a una barra más baja que su cintura. La respuesta de la grumete Paula es que mejor no, que luego hay que limpiarlo… En fin…  Positive Attitude…


A la mañana siguiente llegamos por fin a San Blas, echamos el ancla junto a un conjunto de islitas rodeadas de corales, arena fina y cocoteros. Es la imagen del Caribe en las agencias de viaje europeas. A nosotros nos da por rememorar a Tricicle y sus sketch sobre un naufrago en una isla. Algunas de ellas no cuentan con más de dos cocoteros, e incluso llegamos a divisar una islita a lo lejos con uno solo.


El pirata ameniza el desayuno diciendo que un condensador de arranque del motor para izar el   ancla está roto. Que hay que renunciar a los días que teníamos pactado quedarnos en este paraíso y llegar a Portobelo durante la noche. El sindicato responde silencioso, sin sobresaltos, pero con fuerza. Ofrecemos ayudar, pero ante la negativa comenzamos a reconsiderar la negociación y la rebaja en el pago.


El pirata nos ha dejado en una isla para que nos bañemos, tomemos el sol y hagamos snorkel con unas gafas de buceo (ni tubos de respiración, ni aletas). Cuando nos recoge, parece que todo ha cambiado. Nos llega a decir que lo de la mañana era una prueba, que quería ver cómo reaccionábamos. Bullshit. A partir de ese momento y a pesar de sus exiguos y torpes intentos de resultar simpático (incluso pretende hacerse pasar por intelectual y misterioso durante 10 minutos de estúpidas cuestiones que no merece la pena rememorar), ya ha perdido al sindicato. El grupo se reafirma y conseguimos pasarlo bastante bien entre nosotros. Tenemos un kayak para compartir, una cubierta de barco desde la que tirarnos de cabeza y abundantes islas e islotes caribeños a nuestro alrededor.


Nos preguntamos cómo es la vida en una isla. Según nos cuentan, están organizados en clanes. Cada isla tiene una o dos casuchas de hoja de palma (no hay otra cosa). Toman el agua de unos pequeños pozos en el centro de la isla. El agua marina se filtra con la arena y las raíces de las palmeras perdiendo su sal. A pesar de ello, no es precisamente agua de manantial.


En las inmediaciones hay siempre veleros y katamaranes anclados de turistas. Toleran la afluencia de gente exterior, si bien exigen que cualquier cosa que se tome de la isla: cocos, conchas… se paguen. Generalmente venden artesanía en forma de bordados e incluso cerveza en la mayor parte de los islotes que visitamos.


Pasados los dos días, toca zarpar de nuevo hacia el continente. Esta vez Panamá, Portobelo. Es el último desayuno juntos. Después cerramos contabilidad con nuestros piratas, pagamos nuestro propio rescate, y abandonamos finalmente el Independence. Pero todavía queda un último capítulo de discusiones, y es que Andrew y Helen no tienen ya ninguna confianza en el capi y, habiendo visto el escueto muelle en tierra, temen por la salud de su motocicleta de 20.000 €. Se niegan a pagar los 400€ extra que cuesta su traslado hasta verla aterrizar sana y salva en tierra. Vuelven las radiaciones vibratorias y las discusiones. Nosotros les apoyamos, como no puede ser de otra manera. Por fin, aparecen unos muchachotes panameños con una barca más digna que la de nuestro pirata para hacer el desembarco. Metemos en el viaje nuestras famélicas cabalgaduras de aluminio y huimos finalmente de nuestros captores. Ellos se quedan con nuestros dólares, eso sí.


¡Ya estamos en tierra! ¡Ya estamos en Panamá!